La sesión de control al Gobierno, celebrada en el Congreso de los Diputados, constituye uno de los
pilares de la democracia parlamentaria española. Es el espacio donde los representantes del pueblo
exigen al Ejecutivo explicaciones claras sobre su gestión. Sin embargo, lo vivido en el Congreso de
los Diputados durante la sesión que presenciamos, con especial atención entre la hora 1:02:12 y las
3:08:23, dejó en evidencia un preocupante contraste entre el ideal democrático y la práctica política
actual.
Desde mi punto de vista personal, que valora el orden institucional, la responsabilidad pública y el
respeto por las instituciones, resulta decepcionante comprobar cómo se ha degradado el tono del
debate político. Lo que debería ser un intercambio serio de ideas y propuestas se ha convertido en
una sucesión de monólogos cargados de demagogia, interrupciones teatrales y frases diseñadas más
para las redes sociales para el diario de sesiones. El Congreso de los Diputados, en lugar de ser la
cuna del debate nacional, parece haberse transformado en un escenario mediático.
En la sesión, los miembros del Gobierno respondían con discursos vacíos y evasivos, sin asumir
responsabilidades ni ofrecer soluciones concretas a los problemas reales del país. Las intervenciones
de la oposición, aunque más combativas y firmes, tampoco alcanzaron el nivel argumentativo que
esperaba.
Lo que antes era un espacio de razón y oratoria se ha transformado en un escaparate de egos,
interrupciones teatrales y discursos vacíos. Las preguntas se lanzaban más para obtener un corte
televisivo que para obtener respuestas reales, y las réplicas del Gobierno, llenas de evasivas,
mostraban una preocupante falta de autocrítica.
Lo más alarmante, sin embargo, fue la actitud general de muchos diputados. Mientras unos
hablaban, otros miraban sus móviles, enviaban mensajes o navegaban por redes sociales. Esa
imagen que podría parecer trivial es, en realidad, un reflejo profundo de la decadencia del sistema
político actual. Un Congreso donde los representantes del pueblo no escuchan ni prestan atención a
los debates que ellos mismos protagonizan es un síntoma de descomposición institucional. La
política ha perdido solemnidad y, con ella, el respeto del ciudadano.
Como estudiante de Derecho, uno aprende que la democracia no se sostiene solo sobre leyes, sino
sobre valores: la responsabilidad, la ejemplaridad y el compromiso con el interés general. Cuando
esos valores se diluyen, el derecho se convierte en una simple formalidad. No basta con acudir al Congreso; hay que honrar la función que se ejerce allí. Y eso exige disciplina, preparación y respeto
por el propio sistema.
Antes, el Congreso reunía a figuras de altura intelectual y moral, capaces de debatir con firmeza y
respeto, conscientes del peso de sus palabras. Había discrepancia, sí, pero también elegancia,
formación y sentido del deber.
Mi valoración final es que la sesión de control revela una preocupante distancia entre la política real
y el ideal democrático que la Constitución consagra. El problema no está en el modelo institucional,
sino en quienes lo representan. Hemos llegado a un punto en que el gesto importa más que el
argumento, la consigna más que la convicción. España necesita recuperar la dignidad del debate
político y la altura moral de sus representantes. Solo así el congreso volverá a ser lo que debería ser,
símbolo de soberanía nacional, la voz seria, responsable y noble de una nación que aspira a algo
más que el ruido.
Jimena Tolmos Lázaro, estudiante de Derecho
