Benito Pérez González – beperez@ucjc.edu
A pocos se les escapa que los Juegos Olímpicos se han convertido en algo más que el mayor acontecimiento planetario. En una sociedad postmoderna fragmentada e individualista, el deporte, y muy especialmente los Juegos se convierten en una fuente de espiritualidad y misticismo tan potente como lo podrían ser algunas religiones formales. No digo que sea bueno o malo, víctima probablemente de esta indefinición propia de los tiempos; pero si me atrevo a decir que algunos de sus aspectos sí que nos pueden llevar a la generación de expectativas, que cuando no se cumplen nos sumen en un estado de tristeza y excitación poco recomendables.
“Cantada olímpica”, “el fiasco olímpico de España pone al fútbol en el desfiladero” o “batacazo olímpico” son algunos de los titulares que recogía la prensa española de ayer ante la derrota de la selección olímpica de fútbol, que partía entre las favoritas para la lucha de medallas, y que ahora definitivamente queda apeada de la competición sin pasar de la fase de grupos.
Este momento tenía que llegar. El fútbol nos ha dado grandes alegrías a los españoles. Estábamos acostumbrados a tocar el cielo con las manos. La pregunta inevitable era saber que pasaría cuando llegasen las derrotas. Ahí tenemos la primera. Es cierto que algo menos dolorosa, por tratarse el fútbol de un deporte menor dentro del esquema de los Juegos, ya que por limitaciones de edad no pueden acudir los mejores de cada país.
Yo personalmente no pido medallas, ni al fútbol, ni a otros equipos o deportistas individuales. Creo que debemos acudir de nuevo a lo que dijo Coubertin en Londres 1908 -generalmente mal citado-, sobre lo verdaderamente importante cuando se compite: “Lo importante no es el éxito, sino haberse esforzado para conseguirlo”, y con ese espíritu pedir a los deportistas que se esfuercen al máximo, lo que les puede llevar probablemente al éxito y con toda seguridad al reconocimiento de los que sepan apreciar de verdad lo genuino y verdadero de la vida.
Es un consuelo, pero es verdad, que se aprende más de las derrotas, que de las victorias, sobre todo porque para llegar a la victoria, la teoría de la probabilidad dice que ya tenías ese conocimiento que se adquiere cuando uno es derrotado. Lo malo es, que muchos ni siquiera aprovechan las derrotas para instruirse y sacar una enseñanza.
La capacidad educativa del deporte, su enorme sentido comunicacional, que simplifica la realidad y transmite mensajes potentes y memorables no puede ser soslayada en las derrotas. Es en las derrotas donde toma un sentido verdaderamente importante. La vida no es un camino de rosas, al menos para la mayoría. Por eso las derrotas de nuestros deportistas llevan implícitas buenas lecciones para la vida. Saber esforzarse por dar lo mejor de uno mismo, buscar el éxito sin considerarlo la única meta posible, aceptar la competencia y la excelencia de otros, respetando a los adversarios, árbitros y compañeros pueden ser enseñanzas importantes que nos pueden dar los deportistas. Esa ejemplaridad y no medallas es lo que yo personalmente les exijo…Y por supuesto si llegan las medallas yo seré el primero en celebrarlas.

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