El Dios de las palabras

 

 

 

 

El Dios de las palabras

 

He enseñado exactamente cuarenta trimestres

de Literatura Inglesa en la Facultad, más que enseñado,

he tratado de traducir el amor de esa literatura.

Jorge Luis Borges

 

Cuando en 1997, en la inauguración del Congreso de la Lengua Española celebrado en Zacatecas (México), García Márquez pronunciaba su polémico discurso “Botella al mar para el Dios de las palabras”, toda una comunidad de lingüistas, filólogos y hablantes se escandalizaba ante lo evidente: que el correcto aprendizaje y manejo de nuestro idioma no depende de una cierta destreza para las leyes gramaticales, sino de nuestra capacidad de lectura y escritura. En efecto, a menudo comprobamos que la memorización compulsiva de conceptos, el apego a las leyes cientificistas de la lingüística o el empeño por la sistematización de la teoría literaria, en muchos casos alejan el proceso de aprendizaje de sus objetivos más inmediatos: la interiorización, la comprensión y el saber. Es evidente, por otra parte, que una normativa es necesaria y que el acercamiento a su labor puede enriquecer y afianzar la calidad de su uso. Precisamente, en la intersección de ambas tendencias parece rastrearse la clave de una enseñanza efectiva de las áreas de Lengua y Literatura.

Bajo la inspiración de este balance, he iniciado a nuestros alumnos de la UCJC en un proceso de contacto con la gramática, los textos literarios y la escritura –materias de “Lengua castellana”, “Literatura” y “Expresión oral y escrita”—, cuyo eje central descansa en la práctica constante de la lectura y la escritura como instrumentos aglutinadores de pensamiento y realidad. Esto es, un ejercicio personal, dinámico y creativo de “pensar” nuestras materias. Se trata de un viaje crítico y reflexivo de cada alumno por el inextricable mundo de la diversidad de la expresión literaria y lingüística, con el que buscamos que nuestra intuición como lectores aflore en nuestra propia escritura. Un equilibrio consciente entre teoría y expresión individual que entiende el planteamiento normativo como un medio y no como un fin. Todo ello, para comprobar cómo el análisis propio se aposenta en la realidad (medios de comunicación, docencia, tecnologías, cultura, arte, ciencia, etc.).

La riqueza de un proceso de aprendizaje semejante estriba justamente en su dificultad. A menudo los temarios y las bibliografías propuestos por el profesor requieren de una gran plasticidad, y los alumnos se ven obligados a ejecutar una constante indagación personal a partir de ellos. Se pretende un cambio de nivel que avanza de la lectura complaciente a la crítica, de la memorización y repetición a la elaboración de ideas propias, “objetivo formativo último” del proceso de la educación lingüística y literaria (Mendoza Fillola, 2000). Dicho de otro modo, el estudiante se convierte en el responsable de la materia y no hay otro camino que la autoevaluación continua, elemento axial en el Plan Bolonia. Esta significativa evolución genera herramientas de selección de textos, análisis de conceptos y fundamentaciones teóricas, que aportan a los futuros docentes un eslabón indispensable de la enseñanza: el criterio. Y aunque el tiempo requerido para desarrollar ese discernimiento –el entrenamiento en la competencia lingüística y literaria— constituye un largo recorrido de lectura y escritura (Colomer, 1998), llama la atención su notable resultado. Pues a pesar de la complejidad señalada, los estudiantes aprenden a fundamentar sus juicios, apoyándolos o poniéndolos en discusión con el canon literario y la normativa lingüística. Un logro no menor, en tanto que nuestros futuros maestros deberán enfrentarse a cánones, programas y diseños que adaptarán a las necesidades del aula bajo su punto de vista.

Qué duda cabe, la enseñanza es un proceso de aprendizaje. Siguiendo la idea ya clásica de Ortega y Gasset acerca de la educación, nuestros futuros maestros podrán transferir sólo aquellas competencias que hayan forjado desde su más íntima experiencia y necesidad de pensamiento (Misión de Universidad). Y en su labor docente se encontrarán día a día con la urgencia de aprender. El “Dios de las palabras”, por tanto, habita quizás en ese espacio de adquisición hedónica y natural de la lectura y la escritura. Un placer que activa nuestros conocimientos, que potencia nuestras habilidades comunicativas y culturales, y que desarrolla nuestra capacidad de pensar. 

 

   

Dra. Sonia Betancort (S/C de Tenerife, 1977). Profesora de Lengua y Literatura en el Departamento de Educación de la Universidad Camilo José Cela. Doctora en Literatura Española e Hispanoamericana, Máster en Estudios Iberoamericanos, Experto Universitario en Lenguas y Culturas de Asia, Licenciada en Humanidades, todo ello por la Universidad de Salamanca. Ha centrado sus investigaciones y publicaciones académicas en el estudio la narrativa y de la poesía española e hispanoamericana actual, y en el orientalismo literario. Como gestora educativa y cultural, entre 2002 y 2009 fue Coordinadora de la Sede de la Universidad de Salamanca en Buenos Aires. Es autora de las obras literarias Íntima Exigencia(2000), El cuerpo a su imán (2009) y La sonrisa de Audrey Hepburn (2012). 

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