En el post anterior os exponía cuáles son los objetivos de la Cátedra de Cultura de Paz, que desde el pasado mes de abril tengo el placer de dirigir. Permitidme ahora comentaros algo sobre mí y sobre el reto académico y personal que supone para mí esta labor.
¿Por qué representa justamente eso para mí? Porque toda nueva aventura en la vida lo es. Pero también, y quizá sobre todo, porque mi especialidad no es el estudio de la multiculturalidad y la globalización, ¡temas que sin embargo me apasionan e inquietan como a muchos de vosotros!
Como docente e investigador, mi principal interés es el estudio de la formación de las identidades religiosas en la antigüedad, con especial énfasis en la conexión que hoy podemos establecer entre marcadores identitarios, fronteras confesionales, conceptos teológicos y estrategias discursivas. Y, más precisamente, el desarrollo entrecruzado de la apocalíptica judía, cristiana e islámica primitivas; campo, éste último, al que creo haber realizado algunas aportaciones originales, sobre todo en materia de intertextualidad coránica.
Quienes ya me conocéis sabéis que soy profesor de estudios bíblicos y coránicos en el Departamento de Humanidades de Saint Louis University en Madrid, codirector con Guillaume Dye, Manfred Kropp, Emilio González Ferrín y Tommaso Tesei del Early Islamic Studies Seminar —una sociedad académica internacional dedicada al estudio del primer islam y su trasfondo histórico e ideológico y cofinanciada por el Vicerrectorado de Investigación de la UCJC—, y codirector con Isaac Oliver y Anders Petersen de la colección Apocalypticism: Cross-disciplinary Explorations que publica la editorial neoyorquina Peter Lang. Además de lo cual imparto regularmente clases de ética y filosofía moral en la Universidad Loyola de Maryland en Madrid.
Confío, así pues, en que mi larga experiencia académica en materia de estudios religiosos comparados —y, en general, de intercambio y simbiosis cultural—, de un lado, y, de otro, mi compromiso con todo cuanto implica la palabra ética, me ayuden a ir desbrozando el camino. Sea como sea, mi ilusión —en esto como en todo— no es sino aprender. Y dotar a esta Cátedra en su nueva singladura de rigor, interés y, en lo posible también, amenidad. Estoy seguro de que, con la colaboración de todos, esto será posible.

