El horror en la no ficción

Juan Enrique Soto

Profesor de la Universidad Camilo José Cela

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en el horror considerado desde el punto de vista de la no ficción, es decir, de la realidad que vivimos cada día, tanto directamente a través de la experiencia propia en el caso de las víctimas de delitos graves, por ejemplo, como indirectamente a través del relato de otros o de los medios de comunicación en el caso de tantas y tantas noticias de sucesos trágicos, es pensar en su sentido: ¿Qué sentido tiene el horror en la realidad?

Para responder a esta pregunta, he de desentrañar primero el sentido que tiene el horror en la no ficción. Creo que el principal sentido que tiene el horror generado por la ficción es lúdico. El género de terror, horror, o gore, o gótico según tendencias, pretende provocar emociones que han de ser experimentadas con ciertas dosis de placer. Horrorizarse, sentir miedo, terror es, para muchas personas placentero, al igual que lo es provocar ese horror en los demás por parte de los creadores de esa ficción. Muchos individuos inventan historias horrorosas porque les divierte y porque divierten a otros. Basta ver la cartelera de cualquier cine para comprobarlo.

Sin embargo, el horror provocado en la pura realidad por determinados individuos tiene un sentido más complejo porque, normalmente, se da en contextos muy diferentes del lúdico, del espectáculo, de la cultura.

En un primer momento, pienso en una situación muy concreta aunque de múltiples expresiones, tantas como individuos puedan imaginarlas y que entra de lleno en el ámbito de la Criminología: el asesinato. Asesinar a alguien es siempre horroroso, pues se le priva de la vida de un modo trágico y, sobre todo, en contra de su voluntad. Podemos debatir acerca de que no todos los asesinatos son horrorosos, por muy trágico que todos sean. Por ejemplo, una madre ha sido envenenada hasta morir. Puede que incluso haya muerto plácidamente, mientras dormía y no ha sido consciente de su muerte. Puede que, incluso, tenga una agradable sonrisa en su boca, ahora fría y rígida. Pero si completamos la escena informando de que estaba embarazada y que un niño de diez años mira el cadáver de su madre con una sonrisa maliciosa en el rostro mientras sostiene con una mano el bote de medicamentos que pulverizó en la cena de su madre y en la otra un dibujo realizado por él en el que se ve a su madre con la barriga atravesada por un lapicero, empezamos a sentir cierta sensación de angustia, que, una vez procesada, se convierte en horror.

No, el caso no es real, me lo inventé según redactaba este ensayo. Pero el siguiente sí es real: un hombre intenta convencer a su esposa de que no se divorcien. Le envía flores, le escribe cartas, la llama por teléfono. Todo insistentemente. Su mujer, decidida a separarse de él, no le contesta, les desplanta, le ignora. Y el hombre decide castigarla… donde más le duele. Un sábado de un fin de semana en el que puede quedarse con sus hijos, un niño de 2 años y una niña de 6, se lleva a sus hijos a su casa, luego a la de su hermana y allí los deja a su cuidado mientras va a una finca de la familia y allí guarda unas garrafas de combustible recién compradas. Al día siguiente, pasa la mañana con sus hermanos y sus sobrinos, con quienes queda por la tarde para llevar a todos los niños a un parque infantil. Pero él dice que se va a comer con unos amigos. En realidad, vuelve a la finca. A los niños por el camino les ha hecho tomar un número indeterminado de medicamentos tranquilizantes. Cuando llegan a la finca, no sabemos si los niños ya están muertos o casi pero el hombre, su padre, entre naranjos, los coge en brazos y los deja sobre un montón de leña que ya tiene dispuesto, los rocía con el combustible previamente comprado y les prende fuego hasta que de ellos no quedan más que unos huesecillos. Después, va al parque infantil y simula que los ha perdido. El resto ya lo conocen, supongo.

¿Dónde está aquí el horror?, nos preguntamos. No solo en la muerte en sí de los pequeños, seres completamente indefensos, sino en otros aspectos que lo califican. El que sea su propio padre quien así les mate y trate sus cuerpos; el que lo haga solo por castigar a su ex mujer; el que lo haga con tanta frialdad y premeditación. El mero hecho de que sepamos que por su cabeza han pasado todos y cada uno de los pasos que llevan a la realización efectiva de su crimen nos genera horror. Y ese horror no se produce únicamente por el acto cruel y sanguinario en sí, que también, sino porque nos resulta inexplicable que un padre haga algo así con sus hijos.

-¿Y por qué ha hecho eso? -nos preguntamos.

-Cualquiera sabe, por venganza -nos contestan – O porque está loco. O la más fecunda respuesta: «porque es un psicópata».

-¡Qué horror! -nos lamentamos.

La incomprensión del acto horrible es precisamente uno de los aspectos fundamentales para sentir ese horror. El ser humano tolera mal la incomprensión de los fenómenos, sean cuales sean, pero si son trágico aún menos.

El horror en este caso lo sufrimos los demás, los que acabamos conociendo el acto dramático. De hecho, en la intención del autor ni siquiera aparece el detalle de querer compartirlo con los demás, ya que eso implicaría tener que asumir las responsabilidades penales de un acto así. El padre homicida no quiere horrorizarnos. Por lo tanto, es un acto, permitidle decidlo así, de horror íntimo proyectado en el destinatario, en este caso, la ex mujer.

En otros casos, como las decapitaciones del autodenominado Estado Islámico, el horror es la esencia de sus actos terroristas. Sin embargo, es un horror, digamos, controlado por el creador de ese horror. El horror es el objetivo, es la sensación que desean provocar en el auditorio porque de ese modo este auditorio, la población en general, presionará a sus dirigentes para que tomen decisiones que impidan más actos terroristas.

Por ejemplo, en las ejecuciones de los primeros rehenes occidentales, la decapitación no es mostrada, ya que emplean un oportuno fundido en negro que impide la visión del acto atroz. Esa decapitación, que en sí es el acto más horrendo de toda la acción, es sustraída de la mirada de los espectadores, pero de un modo que la imaginación de cada espectador completa. Ellos sabían perfectamente que si hubieran mostrado la decapitación explícita, muchos espectadores habrían rehusado seguir mirando el vídeo, con lo que deciden omitirlo, sin dejar de plasmarlo, aunque sea de modo sugerido, con lo que no habrían llegado al público al que lo destinaban. A eso me refiero con horror controlado. Si el destinatario del vídeo es un ejército, cada uno de sus soldados, en lugar de la población en general, a los soldados se les supone la entereza suficiente como para aguantar la visión de lo horrendo y de paso aleccionarles sobre las tremendas consecuencias que les esperan si llegaran a ser capturados por ellos. Es horror para amedrentar no solo para horrorizar. Es por ello que en sus vídeos siguientes, en los que el efecto inicial se ha superado, las imágenes son muy explícitas y buscan incluso nuevos métodos, más horrorosos si cabe, de ejecutar a sus prisioneros, como el del piloto jordano que es quemado vivo en una jaula y que es emitido en su totalidad y con una escenografía que acentúa al máximo el horror de la situación.

Podríamos seguir así con más ejemplos, pero creo que llegaríamos a la conclusión de que la principal diferencia entre el horror de no ficción y el de ficción, aparte del obvio que supone el hecho de que uno es real y el otro no, es el objetivo perseguido con el acto horroroso, que unas veces puede quedar oculto, escondido y solo para uso particular, otras veces en su más puro estilo es empleado para aterrorizar, en otros para acobardar, para aleccionar, etc. Todo muy diferente del horror cuyo sentido y motivación es la diversión, ¿verdad?