Profesor: Enrique García Garrigues.
Amets y Sara eran sólo dos niñas que podían haber vivido como otros tantos niños esperando a que llegaran las fechas para poder ilusionarse pidiendo regalos a los Reyes Magos; sin embargo, una tarde fueron encontradas muertas en el domicilio que ocupaba su padre, después de que éste se separara de la madre y acabara suicidándose arrojándose por un viaducto.
Tenían 9 y 7 años.
Ruth y José desaparecieron cuando al parecer estaban con su padre, quince días después de que la madre de los niños iniciara los trámites de separación. Nunca más se les volvió a ver con vida.
Tenían 6 y 2 años.
Lamentablemente, son sólo dos ejemplos de noticias que tienen que ver con “otra” forma de violencia de género. De confirmarse en el primer caso, todo apunta a la autoría del padre antes de que se quitara la vida. En el caso de Ruth y José, la sentencia condenatoria de cuarenta años de cárcel al padre de los niños, da fé de la relación causa-efecto entre una situación de separación conyugal y el pago al que tuvieron que hacer frente sus dos hijos.
Siempre que algún medio de comunicación social nos abruma con noticias semejantes nos viene a la cabeza una reflexión a modo de pregunta: ¿Quién puede ser capaz de querer hacer daño a unos niños?
A partir de ahí, el campo de las elucubraciones es vasto y amplio: que si se vio abocado a cometer el crimen por problemas económicos; que si su nivel cultural no le permitía discernir entre el bien y el mal, que si estaba desesperado y no le quedaba otra salida que la que tomó, que si… En cualquier caso, lo que sí parece claro es que el maltrafo a los niños, en casos como los que describimos, relacionados directamente con la violencia de género, o a causa de ella a modo de “efecto colateral”, no es un mal de la opulencia ni de la carencia. No tiene que ver con más o menos recursos económicos, ni con un mayor o menor nivel cultural, sino con una enfermedad de la sociedad a la que están llamados a servir, entre otros, los criminólogos. No cabe duda de la dificultad que entraña anticiparse con políticas proactivas a situaciones como las descritas, pero tampoco debe cabernos duda que un conocimiento más profundo y exhaustivo de los lamentables casos acontecidos sí han de servirnos para establecer líneas de intervención en la esfera de la prevención. Y para ello, naturalmente lo primero que tenemos que saber es a qué nos referimos cuando hablamos de maltrato infantil, que se entiende por “la presencia de una lesión no accidental resultado de actos de perpetración, por agresión física o de omisión, por falta de atención, por parte de quienes están a cargo del niño y que conducen a una atención médica o intervención legal. Por abundar en este terreno, otra definición establece que el maltrato infantil es todo acto u omisión dirigido a producir un daño que perjudique el desarrollo normal del menor.
Al hilo de lo anterior, y con independencia del alcance legal y/o jurídico que podamos extraer de esas definiciones, existen otras circunstancias que condicionan nuestra percepción de estos tipos de maltrato. Precisamente casos como los comentados, si bien por un lado permiten que seamos conocedores de tales barbaridades y que podamos tomar conciencia de su importancia, por otra parte hacen que tendamos a asociar siempre el maltrato infantil a situaciones especialmente graves, crueles y perversas, olvidando que existen otras muchas formas de maltrato, mucho más veladas, mucho más imperceptibles desde el punto de vista social, pero no por ello menos dolorosas para quienes lo sufren.
No en vano, existe la creencia popular de que el maltrato infantil existe pero es poco frecuente, cuando la realidad permite confirmar que es una realidad mucho más cotidiana de lo que podamos creer, y que hay muchas formas que no dejan secuelas físicas ni constituyen abusos sexuales, por lo que son más complejas de detectar.
Otro mito, que a la postre actúa en contra de las posibilidades de mayor detección de estos casos, es la creencia de que el maltratador de niños es un ser perverso, un enfermo mental o un adulto (padre o madre) con problemas de drogas o adicciones a algún tipo de sustancia, cuando la realidad parece indicar que los padres con alteraciones psíquicas graves que han sido acusados de alguna forma de maltrato, no superan un diez o quince por ciento de los casos.
¿Y qué decir de esas familias que de puertas afuera de las respectivas casas de los cónyuges separados, todo es paz, alegría y armonía? Tendemos a creer que violencia y amor no pueden ir de la mano dentro de una misma familia, y afortunadamente en la inmensa mayoría de los casos así es, pero no obstante, no podemos perder de vista que los niños maltratados suelen querer a sus padres tanto antes como después de haber sufrido un episodio de maltrato, y que precisamente cuando se da un entorno de coexistencia de episodios de amor y de violencia, hace que esa forma de maltrato sea menos perceptible, por un lado, y más aceptable, por otro.
Otra cuestión que nos genera confusión desde la perspectiva social es la asociación del maltrato infantil a una intención evidente y manifiesta por parte del maltratador o maltratadora. No podemos obviar que la intencionalidad no es un requisito indispensable para considerarse una situación de maltrato, dado que este puede darse por acción o por omisión, donde podemos encontrarnos con niños que no cuentan con una adecuada atención médico-sanitaria, higiénica, alimenticia o social.
A la vista de todo ello, si nos dedicamos a bucear en la etiología del problema, nos encontramos con una serie de factores multicausales que tienen que ver tanto con el agresor como con el niño agredido, con el medio ambiente en que se desenvuelve su vida cotidiana, y con una serie de estímulos detonantes o como mínimo coadyuvantes. Así, desde la perspectiva etiológica del agresor, nos podemos encontrar con personas con baja autoestima, que pueden presentar alguna tendencia depresiva, con posibilidad de expresión de rasgos de neuroticismo, y/o con algún problema de alcoholismo o adicción a algún tipo de sustancia o droga. Abundando en las características de los perfiles agresores de niños, suelen ser personas impulsivas y hostiles no sólo hacia sus propios hijos, sino también en otras esferas de su vida privada, social o profesional, presentan también escasa o nula tolerancia a la frustración, y en algunos casos demuestran una inadecuada percepción del niño, toda vez que probablemente con independencia de los problemas que pudieran haber surgido con su pareja, no aceptan o no han aceptado nunca alguna característica diferencial negativa de su propio hijo, como veremos a continuación en los perfiles de niños agredidos. Por último, el hecho de que un adulto haya sufrido en su niñez algún problema de maltrato, le hace más proclive a replicar ese tipo de conductas en sus propios hijos.
Si abordamos la etiología desde el punto de vista de las características del niño agredido, solemos encontrarnos con la posibilidad de que en algunos casos existan problemas de salud, ya sean congénitos o adquiridos, que enlazan con esa aceptación por parte de alguno de los progenitores o de ambos, de características diferenciales negativas del niño, como enlaza igualmente si el niño ha sido etiquetado de hiperactivo o sufre trastorno de déficit de atención con hipeactividad, o simplemente si se trata de un niño con bajo o escaso rendimiento escolar, e incluso mucho peor si de lo que se trata es de un hijo no deseado.
Con independencia de los factores asociados a características o perfiles tanto de agresores como de agredidos, podemos encontrarnos con otras fuentes que coadyuven hacia el maltrato infantil, a modo de factor desencadenante o detonante. Así, si la relación entre los miembros de la pareja o ex pareja sufre un cierto grado de deterioro, los hijos tienen muchas posibilidades de vivir alguna situación de maltrato, ya sea por acción o por omisión, probablemente no dirigida específicamente hacia ellos, pero sin ninguna posibilidad de evitarla. Lo mismo sucede si además de la situación de la pareja, existen problemas económicos, o se está viviendo un problema de desempleo, o viven numerosas personas bajo el mismo techo, en una situación que no necesariamente tiene que ser forzosamente de hacinamiento, pero sí desde luego inadecuada para el normal desarrollo de sus habitantes. Y, por supuesto, no podemos obviar que si dentro del domicilio se está viviendo una situación de violencia de género contra la madre, las posibilidades de que los hijos sufran algún otro tipo de agresión, se disparan.
Ahora bien, ¿cómo vive un niño ante una situación de violencia de género?
Pues en algunos casos, sencillamente negando la experiencia de violencia o, lo que es lo mismo, tratando de vivirla en secreto, sin confiársela a nadie de su entorno, dado que es precisamente ese entorno más próximo el que más desconfianza le genera, lo que le impide abrirse a otros entornos de tipo radial, como el escolar, por ejemplo. Eso en cuanto a su triste papel como primer protagonista de una situación de violencia, sufrida sobre su propia persona, pero si nos acercamos al fenómeno desde el punto de vista del niño que asiste a episodios de violencia en el hogar, puede suceder además de lo anterior, que surja en él un conflicto de lealtades y que no sepa por quién decantarse ni hacia quien demostrar lealtad, ya que en algunas cosas entenderá que el padre tiene razón, y en otros momentos pensará que es la madre la que no puede continuar sufriendo agresiones por parte de su padre. Eso hace que en algún caso el niño viva en el entorno agresivo con miedo y terror, al identificarse con el sufrimiento de la madre, o que en otros se identifique con la figura paterna y adopte, reproduzca y perpetre un modelo violento que se instala en él como forma de vida.
Y no sólo eso, sino que además, la violencia de género produce sobre los menores toda una serie de factores que le afectan de distinta manera, en función de su edad, que pivotan en torno a dos ejes: los problemas y trastornos del desarrollo, con alteraciones del sistema nervioso central y retrasos psico-afectivos, y con trastornos de socialización, con la manifestación de comportamientos violentos o incluso autolesivos, y con dificultades para llevar a cabo una participación en relaciones sanas con otros niños o adultos.
En ese sentido, si segmentamos por tramos de edad, durante la primera infancia un niño sometido a violencia de género sufre: dificultad para establecer vínculos afectivos y de relación con iguales, falta de confianza y abandono emocional. Entre los dos y cinco años, el niño sufre dificultades para diferenciar la realidad de la fantasía; en no pocos casos se ve como el otivo generador del conflicto y le asalta una sensación de culpa, inutilidad, ansiedad, dudas, negación y desamparo, al tiempo que expresa un intenso miedo a las consecuencias de las agresiones.
Entre los seis y ocho años no es extraño que aparezcan problemas de ansiedad y depresión, que se produzca en el niño un aislamiento tanto escolar como social, mientras que en el entorno doméstico o del hogar se generan alianzas con uno de los dos progenitores, mientras culpabiliza al otro, con claras manifestaciones de rabia.
Podríamos decir que todas estas cuestiones constituyen señales de alarma desde el punto de vista comportamental, y como tales habría que estar especialmente atentos a ellas. Sin embargo, existen otras señales, quizá más explícitas en ocasiones, dado que se convierten en señales físicas que pudieran mostrar una evidencia de que algo está ocurriendo.
Si bien es cierto que el sentido común juega un papel importante, y que habrá que contextualizar adecuadamente cada caso y considerar todas las alternativas posibles, como por ejemplo la ocurrencia de un lamentable pero simple accidente doméstico, conviene prestar especial atención si observamos que un niño presenta alguna de estas manifestaciones físicas: ojos morados, fracturas óseas inexplicables o inusuales, marcas de contusiones o hematomas con forma de manos, dedos u objetos (como por ejemplo, un cinturón), hematomas o contusiones en áreas o zonas donde las actividades normales de la infancia no ocasionarían este tipo de lesiones, quemaduras o escaldaduras en las manos, brazos o nalgas, marcas de estrangulación alrededor del cuello, quemaduras hechas con cigarrillo en áreas expuestas o en los genitales, marcas circulares alrededor de las muñecas o tobillos, fruto de la abrasión por torsión o ataduras, marcas de mordeduras de adulto humano, marcas de látigos, pérdidas inexplicables de conocimiento, cualquier fractura inexplicable en niños demasiado pequeños para caminar o gatear, que por sí solos es difícil que puedan sufrir un accidente, sangrado en la parte posterior del ojo (lesión típica en bebés sacudidos brúscamente), evidencia de fracturas en la punta de los huesos largos (como el fémur, por ejemplo) que resultan de una fuerte torsión, o evidencia de fractura craneal, costillas fracturadas, especialmente las de la espalda, daños internos, como sangrado o ruptura de algún órgano a causa de un trauma contundente, múltiples contusiones o hematomas nacidos en diferentes momentos, especialmente en áreas inusuales del cuerpo o en patrones que sugieren ahogamiento, torsión o golpes fuertes con objetos o las manos, entre otros.
En cualquier caso, si todas éstas pueden llegar a constituir muestras de agresión física por acción, también existe la posibilidad de maltrato por omisión, cuyas manifestaciones visibles pueden girar en torno a un niño que presenta una higiene deficiente o desnutrición en grado variable, con un aspecto enfermizo o vestido con ropas inadecuadas para el lugar o clima, por exceso o por defecto, o que no reciba la atención médica oportuna.
Por todo ello, por Amets, Sara, Ruth y José, y por otros tantos niños anónimos que pueden estar sufriendo violencia de género, es fundamental que ya no como criminólogos, juristas, médicos, o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, sino simplemente como ciudadanos, prestemos especial atención y seamos capaces de reconocer un caso de posible violencia de género sobre un menor, con objeto de proporcionarle cuanto antes la debida protección y el tratamiento adecuado, notificando o denunciando las lesiones o las agresiones a la Fiscalía, sin otorgar NUNCA el derecho de maltrato, a NADIE.
