Violencia de género, el ritual que nunca será rito

-¿Qué es un rito? -dijo el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días: una hora, de las otras horas.

El Principito.

Antoine de Saint- Exupéry

“Cualquier acto violento por razón del sexo, que resulta o podría resultar en daño físico, sexual o psicológico, o en el sufrimiento de la mujer, incluyendo las amenazas de realizar tales actos, coacción, o la privación arbitraria de libertad, produciéndose estos en la vida pública o privada”.

La definición de Violencia de Género es actualidad constante y motivo de no pocos debates en una sociedad que dispone de las herramientas necesarias para hacerse escuchar, si bien es cierto que en ocasiones no sabe cómo usarlas e incluso es probable que esté siendo convenientemente adoctrinada para no hacerlo, pero al margen de definiciones más o menos acertadas o ajustadas a la realidad imperante, lo verdaderamente alarmante en lo ya de por sí aborrecible, no es sólo la cotidianeidad abrumadora de la situación, sino todo lo que rodea al hecho en sí mismo y a quienes lo padecen.

Para esbozar este escrito, acudamos a las estadísticas a título informativo, sin detenernos en aspectos geográficos o contextos situacionales.

A fecha 18 de Septiembre de este año, son treinta las mujeres que han fallecido por causa de la violencia de género. En cuatro casos existía denuncia previa, y sólo dos de ellas habían sido interpuestas por la víctima. De la treintena, dos solicitaron medidas de protección, solamente una de ellas las tenía en vigor y en dieciséis de los casos el asesino convivía en el mismo domicilio.

Las estadísticas son escalofriantes, pero todavía pueden serlo más si tenemos en cuenta otro aspecto de esta particular violencia cuyas damnificadas no son sólo las mujeres que la padecen, sino también sus familiares, amigos y especialmente sus propios hijos, veintiséis huérfanos en lo que va de año.

Estas víctimas silentes no forman parte del cómputo total en el censo del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, ya que de otro modo serían cincuenta y seis, y no treinta, las personas reflejadas en dicho censo, que se puede consultar online en el enlace siguiente: http://www.msssi.gob.es/ssi/violenciaGenero/datosEstadisticos/docs/VMortales_2015_18_09.pdf

El motivo por el que se incluyen a los menores dentro del cuadro de Víctimas Mortales, para luego hacer un aparte señalándoles “sólo” como huérfanos, es una de las tantas paradojas existentes en la historia negra de este tipo concreto de violencia. Si a ello unimos que, en muchos casos, los menores también sufren maltrato físico al igual que sus madres, el panorama se torna más oscuro aún si cabe.

Podemos huir por cuantos vericuetos nos sea posible como sociedad o como individuos, incluso en este caso, haciendo una diferencia entre explanandum y explanandi, alegando diferencias entre víctimas mortales y solamente víctimas, y acertaríamos en lo meramente lingüístico, pero eso en nada conviene ni ayuda, y sólo sitúa nuestro punto de vista una vez más en lo acaecido que ya no tiene remedio, instando al conocimiento a que busque siempre las soluciones en los errores.

Es relativamente reciente el estudio del maltrato infantil físico. En 1960 se investigan por vez primera las características de los niños maltratados físicamente –Síndrome del niño maltratado-, y no será hasta diez años después cuando el maltrato a la mujer se reconocerá como un problema de relevancia social. Actualmente, la cuestión que se plantea a menudo es la conveniencia o no de la denuncia, como si no hubiera que esbozar previamente el rendimiento real de tal hipotética denuncia. La respuesta, siempre y en todo caso, ha de ser . No corresponde a la víctima de violencia calibrar y proyectar su posterior defensa y cuidado, sino alzar la voz contra su agresor, pero a menudo –en una suerte de depravación social, cuando no abiertamente legal- no sólo se pone en tela de juicio su actuación como individuo, sino que también se la transforma a su vez en maltratadora, si nos ceñimos al pie de la letra a la definición de la OMS sobre maltrato infantil: “abusos y la desatención de que son objeto los menores de 18 años, e incluye todos los tipos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder”.

En este continuo actitudinal, en el que las distorsiones cognitivas de la víctima de violencia de género son caldo de cultivo para interpretaciones sobredimensionadas o pobres de una realidad percibida a medias, y en el que su apreciación sesgada influye decisivamente en su valoración de los hechos y en su necesidad de petición o no de ayuda, resulta sádico tomar al pie de la letra determinadas definiciones que, no obstante, son elevadas en no pocos casos a la categorización de generalidad.

No obstante, no se puede exigir una conducta de ayuda a sus hijos por parte de la víctima, cuando ésta carece de emoción, etimológicamente hablando. La palabra “emoción”, proviene del latín emotĭo, que a su vez deriva del verbo emovere, construido sobre la raíz de otro, moveré, que es el que nos interesa. ¿Cómo cuestionar que una víctima no lleve a cabo una conducta de ayuda que motive a su vez una denuncia y protección a sus hijos, cuando carece del elemento básico que estimularía tal conducta?, ¿cómo se puede NO comprender la permanencia de una mujer y sus hijos en una espiral de maltrato, si no existe la emotio que incite al cambio?.

La gran Rosalía de Castro, escritora gallega, alude en una parte de su obra a las “viudas de vivos”, en un claro oxímoron que bien podríamos usar aquí en referencia a la desértica sensación de total abandono, soledad y negación de sí mismas y de su entorno, que experimentan las víctimas de cualquier tipo de violencia, particularmente de la que nos atañe.

Por otra parte, los mecanismos de defensa posterior a la denuncia de la víctima no han de estar encaminados, como ocurre en no pocos casos, a elucubrar sobre la credibilidad de la denunciante por parte de informadores psicológicos, médicos o de asistencia, sino a demostrar los daños físicos y psicológicos que causa este tipo de violencia. Llegados a este punto, no puedo dejar de referirme a la condición de veracidad exclusiva que se presupone a la víctima y que está siendo en parte contaminada con una sustantividad que no hay que pasar por alto, si bien no es objeto del presente escrito: las denuncias por violencia de género que no son tales. Es un tema éste muy contendido y que irrita sobremanera a asociaciones y grupos de defensa a ultranza de las mujeres maltratadas, pero si se pretende un cambio social justo que irradie honestidad, debemos dejar a un lado aquellas voces que tienden a aupar a la mujer en un endiosamiento carente de toda lógica en cuanto a su sentido humano, impidiendo que se pueda hablar con total libertad de aquellos individuos que malversan la justicia en un intento de beneficio propio seguramente conseguido a veces, sean hombres o mujeres, motivados por sentimientos de odio, venganza o simple interés. Negar la mayor en este caso no conviene cuando puede ser ésta la causa (entre otras, como por ejemplo la falta de formación suficiente o inexistente específica) de cierto descreimiento y duda del personal a cargo de diagnosticar, evaluar y planear estrategias de defensa y protección a la hora de enfrentarse a la esfera infinita que rodea cada caso concreto de maltrato.

La indignación que provoca en sectores concretos la simple mención de las denuncias falsas por violencia de género, parte una vez más del error en el foco de aceptación de la premisa, situándolo en una aquiescencia del maltrato per se, cuando no existe como tal. Es decir, resulta imposible adjetivar a la presunta víctima como tal porque desde un principio se muestra con un elenco aprendido y aprehendido de lo que debe y no debe declarar, y de la actitud que se obliga a mantener con el claro fin de persecución de una sentencia condenatoria.

En todo caso, en éste también aunque a priori no pueda parecerlo, los menores siguen siendo víctimas de la indefensión aprendida en el cien por cien de los casos, con una diferencia: en la violencia fingida, la indefensión aprendida no aparece en la madre, siendo éste quizás un baremo a tener en cuenta. El descubridor de este fenómeno, no circunscrito al ámbito personal y propagado culturalmente por refranes del tipo “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, fue el psicólogo norteamericano Martin Seligman, quien demostró el por qué de la pasividad y aceptación de la violencia por parte de los seres humanos, cuando perdemos la capacidad de defendernos ante situaciones que agreden nuestra integridad.

La adaptación psicológica que ello conlleva hace creer a la víctima que no vale la pena intentar estrategia de defensa alguna cuando todo lo que se ha hecho con anterioridad no ha servido de nada, o ha servido precisamente para eso, para literalmente “valer pena”. En el caso de la mujer madre, la no denuncia se convierte en una trampa inclemente que ve como una salida a no endurecer todavía más el estado de sitio en el que vive. La no alternativa se convierte en algo habitual, cotidiano, y el permanente sojuzgar por parte del agresor retroalimenta la indefensión aprendida de la víctima, quien a su vez, de modo inconsciente, traslada a sus hijos el mismo tipo de indefensión.

Así, encontramos hijos menores que podrían rechazar la agresión del padre a su madre o a ellos mismos y defenderse, que son incapaces de hacerlo, de pedir ayuda, o simplemente de verbalizarlo, ante la segura constancia de que el resultado de tal acción sería nefasto y nada solventaría.

El Principito, un niño sin padres venido de un mundo sin leyes, preguntaba al zorro qué eran los ritos, al inicio de este escrito. Algo demasiado olvidado, le respondía…

Es tarea de esta sociedad conseguir que las víctimas de violencia de género, sin distinción entre madres e hijos, puedan vivir sin soportar horas y días iguales de resignación y maltrato, en un permanente ritual, que no rito en el sentido plasmado por Saint Exupéry, y apoyar con todos los medios a su alcance a las víctimas de violencia de género perdidas a veces en madrigueras burocráticas y legales incomprensibles para alguien que no sabe siquiera si su presente tendrá un mañana.

Sofía Patricia Remiseiro Rivas ,Experta Universitaria en Maltrato y Violencia de Género

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